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13 octubre 2010

El cartero y Mario Vargas Llosa

Filed under: Sociedad — anpoto @ 13:51 pm

 

Mario Vargas Llosa es otro de los ínclitos defensores de la democracia entendida bajo  una óptica neoliberal, aunque al igual que el resto de sus correligionarios no utiliza este concepto, sino que recurre al término “liberal”. Aboga por un modelo democrático donde no existan partidos que se llamen “liberales”, ya que todos deberían asumir el liberalismo no como ideología sino como patrón cultural: “el gran pensador liberal austríaco Ludwig von Mises se oponía a que hubiera partidos políticos que se llamaran ‘liberales’, argumentando Mario Vargas LLosa 11que el liberalismo no debía ser un programa de gobierno, y mucho menos una ideología, sino una cultura, una suma de valores y principios generales universalmente aceptados, que alimentara las ideas y proyectos diversos, y aun contradictorios, de las fuerzas políticas de una democracia”.

Para Vargas Llosa, el liberalismo es el “camino del progreso y la civilización”, y paradigma de esto sería el gobierno británico de Margaret Thatcher, que aplicó un programa de “reformas radicales” de orientación neoliberal, que “revolucionó de raíz la sociedad británica”: privatizaciones masivas, medidas antiinflacionarias, recorte severo del gasto público, etc. Una de las grandes conquistas del gobierno de Thatcher, según el autor, sería la  consecución del mito del “capitalismo popular”, es decir, “la diseminación de la propiedad privada entre los sectores que no tenían acceso a ella”.

Afirma que el gran éxito del modelo británico es que trasciende a los partidos en el poder, ya que el gobierno de Tony Blair, formalmente expresión del Partido Laborista y por tanto de tendencia socialdemócrata, aplicó de manera entusiasta una “agenda inequívocamente liberal”. Para dar solidez teórica a esta defensa irrestricta de las medidas neoliberales, el autor termina apostando por una “concepción de la democracia como una alianza irrompible de libertad económica y libertad política” (Vargas Llosa, 2001).

La defensa de la invasión de Irak por parte de Estados Unidos en el año 2003, es uno de los ejemplos más notables de la concepción neoliberal de la democracia por parte del autor peruano. Caracterizando los primeros momentos de la invasión como de “libertad salvaje” para la ciudadanía iraquí, afirma que “Irak es el país más libre del mundo”, porque Paul Bremer, el funcionario designado por el gobierno estadounidense, “ha abolido todos los aranceles y tributos a las importaciones”. Vislumbra que gracias a la invasión, el país saldrá del autoritarismo y se convertirá en una “nación moderna, próspera y democrática” (Vargas Llosa, 2003). Por Luis Miguel Huarte

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1 comentari »

  1. José Miguel Pueyo, psicoanalista

    Todo invita a convenir que venía a cuento, al menos desde el punto de vista de lo inconsciente, del Otro que nos habita y que determina cuanto pensamos, hacemos y deseamos, tanto más si uno no se ha analizado, que Mario Vargas Llosa le espetara a Liv Ullmann, que su experiencia con ella en un jurado de cine de Berlín fue sencillamente aterradora.
    Los boletines se hacen eco de que ocurrió así en el conocido programa de la televisión estatal sueca Skavlan, nombre del apellido de su popular presentador Fredrik Skavlan. Los transparentes ojos azules de la musa del malogrado director sueco Ingmar Bergman, produjeron la inquietante impresión de salirse de unas fosas ya cuarteadas por la edad, a lo que la momentánea rigidez de un cuerpo voluminoso y contrario a las sinuosas formas de la juventud, no contribuyó a distender los efectos del sin duda atrevido comentario. No podía ser de otro modo, en realidad, en primer lugar en aquella dama de 72 años, mayor en dos que el osado contertulio, cuando el hispano escribidor apuntó, con voz profunda y clara, que siendo la actriz presidenta de aquel jurado, impuso reglas tan rígidas para evaluar los filmes, que por un tiempo desapareció para él el encanto de las películas, tanto como para pasar a ocuparse únicamente de la luz, de los efectos especiales, del sonido y de la vestimenta.
    Lo que a todas luces puede considerarse como un descomedimiento tuvo como desencadenante una pregunta de Skavlan al escritor que estaba a pocas horas de recibir el premio Nobel de Literatura, ¿por qué escribe usted acerca de las dictaduras? Permítame que le diga, sentenció Vargas Llosa, que la dictadura de Ullmann en aquel jurado berlinés fue llevadera, pero otras dictaduras me han perturbado siempre, a lo que agregó que por ese motivo escribía de ellas.
    Algo, pues, había perturbado la tranquilidad espiritual del renombrado escritor, un trauma, por consiguiente, funda-mental. ¿Inconfesable?, en modo alguno. Nos encontramos ante un escritor, no de los pequeños, ante esa especie de hombres que, a diferencia del común de los mortales, se caracterizan, como acertadamente advirtió Freud, por decir las cosas por su nombre, a alzarse, también, contra los diques de la represión psíquica que atenazan el decir de la mayoría de las personas. De ahí, cómo no, la aparición en escena, de modo simbólico y sintomático al mismo tiempo, del padre, del genitor de más conocido de los escritores de Arequipa. Dijo Vargas Llosa, y con ello recondujo sin duda la amistad con Liv Ullmann, que conoció a su padre cuando creía que estaba muerto. Y sin mediar lapsus alguno de tiempo añadió, ante la expresión atónica de quienes esperan un singular desenlace de una ficción verdadera, que su padre le había producido una experiencia realmente aterradora, incomparablemente peor a la que la que vivió en Berlín por parte de su amigable actriz. ¿Qué podía ser aquello tan terrible? Algunos quizá se llevaron las manos a la cabeza al imaginar que se trataba de las atrocidades sexuales perpetradas por curas católicos en niños indefensos de corta edad. No, nada de eso. Para asombro o desazón de algunos y alivio de otros, Vargas Llosa sacó a relucir a la madre, a su amantísima madre, y el dolor que le causó su padre al desterrarlo del paraíso en el que vivió diez años con la que le había dado a la luz.
    Como corresponde a la insistencia del Otro, insistencia que no es sino por la ausencia de análisis, el trauma de Mario Vargas Llosa no podía sino reiterarse en el discurso del escritor de aceptación del Nobel de Literatura, reiteración de aquel trauma infantil, de aquella terrorífica experiencia que le condujo, según él mismo subrayó, a la literatura, siendo este arte el que, también según él, le salvó de la opresión que significó la figura del padre.
    Me permito concluir señalando que la reiteración denuncia a las claras, y contrariamente a la opinión del ahora más nunca célebre escritor peruano, que la literatura es en muchos casos más bien un paliativo que una solución acorde con lo Real traumático, incluso el sinthome de James Joyce puede pensarse de ese modo; mientras que la separación que ejerce el padre en el alienante paraíso del niño como objeto de la falta que hace deseante al Otro que encarna la madre, lejos de ser patológica, constituye, como es conocido, la condición de la salud psíquica. Todo ello, acontecido, ciertamente, en un tiempo que es el temprano del complejo de Edipo, época en el que la función llamada del padre reclama para bien del sujeto su saludable intervención separadora.

    Comentari by José Miguel Pueyo — 19 desembre 2010 @ 16:24 pm

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