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28 juliol 2010

Nadie sabe de toros

Filed under: Sociedad — anpoto @ 17:35 pm

 

Antonio Caballero ha otorgado un descanso a su pluma; acaso, fatigado de decir en solitario la verdad sobre la situación colombiana; hace un alto en el camino, marcha a España y, como cualquier vagabundo, se va de corrida en corrida, de pueblo en pueblo. Vierte su prosa poética en lo que no tiene compromiso ninguno; aquí se explaya en lo que le gusta y en nada más. Con el mayor desparpajo, en plena digresión confiesa que se perdió y que no sabe de qué diablos estaba hablando. Su primera premisa es: el toreo es lo más bello del mundo. ” Sí, un caballo es muy bello, o un tigre, o un gato que se despereza. Pero un toro es un toro”. “No hay nada comparable – no sé: tal vez el armisticio de una guerra civil – a la felicidad que da saber que hay toros esa tarde”. Es la consignación de una dicha, y no hay nada a lo que tenga mayor derecho un hombre.

Se conduele el autor por esta pobre América, donde los pobres indios tenían que Arte e historiaconformarse para sus mitos con el jaguar y la serpiente; nos enseña que lo de Cnossos no tiene nada que ver con los toros de verdad, y que el minotauro “nanay”…, que en España, y sólo en España, hay toros bravos, desde las cuevas de Altamira y de Albarracín hasta los de la Maestranza, y que, como decía Ortega y Gasset, es imposible comprender la historia de España sin conocer la de las corridas. Los toros de Miura, armados de largo costillar de tigre, altas agujas de dromedario y patas y pezuñas de jirafa, serían, si hemos de creerle, uno de los híbridos imposibles del libro de los seres imaginarios.

Dice Caballero que no existen grandes obras literarias taurinas, ni en verso ni en prosa (autor in fábula incluso), “porque las coge el toro” o “porque hasta los mejores, cuando hacen poesía taurina, tienden al pasodoble, sin quererlo”. Luego se retracta, con evidentes exageraciones: “En ese género desdeñado y humilde que son las reseñas de corridas se encuentra la mejor prosa castellana de este siglo…”. Dice que hay sólo cuatro o cinco libros importantes sobre el tema: la Tauromaquia, ese tratado que dictara Pope – Hillo en 1800, poco antes de que lo matara un toro; el Juan Belmonte, matador de toros, presuntamente autobiográfico; Lo que confiesan los toreros, de Parmeno (h. 1915), o los de Dominguín y Paquiro, por no mencionar un libro tan extraño como el de Cossío, edificado generación tras generación, por el que han pasado como redactores genios de la talla de Miguel Hernández o el admirable Gran diccionario tauromáquico, de Sánchez Neira, que incurre en cándidas sencilleces: “Siempre se ha tenido como axioma evidente que no debe ser dueño de torada el que no sea rico”; o aquel diccionario que incluye esta definición de maravillosa precisión: “Peso: el que tiene el toro”.

El antitaurinismo es un género literario, como el taurinismo. Lo atestiguan libros como La vergüenza nacional, de Luis Gilpérez Fraile o el poema de Heredia: “¡Espectáculo atroz, mengua de España!…” Este libro no elude las consabidas divagaciones acerca del manido tema de la barbarie en los toros. He observado que a menudo los historiadores taurinos ocultan escrupulosamente lo que era el espectáculo hace un siglo: una hecatombe, ese sacrificio ritual de cien toros, que inventaran los griegos, solo que, como puede apreciarse en cualquier libro costumbrista de la época, – La gaviota de Fernán Caballero, por ejemplo –, la hecatombe ocurría con el sacrificio, en cada corrida, de decenas de caballos, embestidos atrozmente por el toro. ” La Iglesia, que es muy sabia – sentencia el autor –, ha intentado muchas veces prohibir las corridas: le parece que tanta dicha tiene que ser pecado”. Añade que, con excepción del santo sacrificio de la misa, son el único sacrificio que queda en Occidente; y abunda: ” No hay duda de que un toro, como toro, muere mejor en la plaza que en el matadero” (también, digo yo, el torero). “De todos modos, no se trata de eso: el sufrimiento del toro, que sin duda es real, no es el propósito de la corrida. Su propósito es el sacrificio ritual”. Podríamos argüir, igualmente, que el propósito de Auschwitz tampoco era infligir dolor sino eliminar con eficacia a seis millones de judíos…

Personalmente, me agradaría más que se equilibraran las cargas, y se trocara esa vaga comunicación de amenaza mortal, por una amenaza real. En esto, como en muchas otras cosas, soy devoto del “ojo por ojo”. Me parecería más justo que las estadísticas mostraran: Animal asesinadotoros muertos: 518; toreros muertos: 442, o algo semejante. Con estirpes de grandes asesinos y todo eso. Ahí sí la cosa sería a otro precio… Pues con sólo 63 matadores muertos en dos siglos” la posibilidad de morir en una corrida, diga lo que diga Caballero, es remota… Claro está que en el ruedo han quedado algunos de los mejores: Gallito, Manuel Granero, Manolete, el Yiyo, Paquirri, Pepe Cáceres, más unos 350 subalternos. Cornadas sí se han repartido, y por montones; tanto que sólo uno, que se recuerde, Pedro Romero (el de Goya), se retiró sin haber sufrido nunca una cornada, mientras que el Tigre de Guanajuato, que andaba siempre de charro y con sombrero de calaveras, recibió 32 cornadas, cuatro balazos y dos puñaladas.

El libro contiene artículos a montones, unos mejores que otros, desde luego. A lo largo de ellos se repiten las frecuentes quejas: “Nada hay más aburrido que los toros cuando son aburridos, y últimamente lo son siempre[…] no hay nada más aburrido, ni el desierto de Kalahari, ni una función de teatro japonés, ni una película de Wim Wenders, ni una visita guiada a una fábrica de tractores en un país socialista…”; repite que al toro bravo se le está acabando la bravura, que la culpa la tienen los toreros, que “los aficionados a los toros vivimos de recuerdos, añorando toros de otros tiempos como nieves de antaño de Villon”, aunque, cuando las cosas salen bien, ” se llora a mares”.

Por momentos nos asalta el deseo permanente de glosar el texto, de gozarlo con minucia, cuando no de contradecirlo. “Los aficionados a los toros somos muy dados a la hipérbole”. Como todo catecismo de un fanático, el libro abunda en afirmaciones gratuitas: “Nadie que haya ido a los toros – a una corrida buena; o incluso a una mala – puede volver ya con entusiasmo a la ópera…”. El torero que es verdadero artista se caracterizaría, en audaz corolario del principio de Peter, por hacer siempre la mejor faena donde uno no está presente. Aquí abundan los elogios dictados por el amor. Bueno. ¿Y por qué no? Cualquier lector taurófilo los va a pasar como un trago de ambrosía.

Desde luego, como recopilación que es, el libro está sometido a multitud de repeticiones y a infinitas variaciones sobre el mismo tema. Esto no es culpa del autor y dudo que los entendidos no lo perdonen. Están sometidos a beber cuantas cucharadas del mismo jarabe se les den. Hay algunas descripciones bucólicas; otras, muy realistas, que prodigan esas imágenes tan suyas, semejantes a aquellas con las que construyó ese andamiaje de poesía involuntaria que es Sin remedio: “bebiéndose su agonía a largos tragos de sangre mientras el puño del estoque asoma de la cruz como el timón de un barco y sólo rompe el silencio de piedra de la plaza el paso irrespetuoso de un F – 16 de la OTAN por el azul del cielo”, o faenas “que se fueron abriendo en la tarde, como flores de documental científico en la televisión”, o ésta sobre César Rincón: “Se le ocurrió llevarse la ferocidad del animal hasta la mitad del ruedo tirando de él con la muleta, arrastrándolo a la carrera arena dentro como quien hace rodar en un aeropuerto el peso de un baúl”.

Algunas crónicas son excelentes: la de la semblanza de Belmonte, aquel ser contrahecho a Tortura toreraquien se pudo aplicar la paradoja única: era un diestro zurdo… Un cronista lo comparó a un cantante afónico o a un gimnasta artrítico. “Lo hecho por Belmonte no se había hecho nunca; es más: nadie creía que se pudiera hacer”. No es menos interesante el relato de la muerte de Paquirri en Pozoblanco, esa crónica angustiosa de la carrera entre Córdoba y la muerte, de la cual se guarda un doloroso testimonio fílmico.

Los toreros, empezando por César Rincón, con su seriedad y espíritu de rigor obstinado de los grandes artistas, que no consiste en gustar, sino en gustarse a sí mismos, despiertan la magia de la hipérbole en el autor. Es de notar la admiración encendida por el extraño arte del milagrero Rafael de Paula: “Cuando vamos a verlo nunca sabemos qué nos va a dar esa vez: la belleza, el miedo, la impotencia. La otra tarde, en Las Ventas, nos dio la dignidad”. Elogia Caballero las ganas de Manzanares, el arte de Ortega Cano, “resabido y resabiado”; la sobrehumana quietud, barroca, de gárgola, de Paco Ojeda; el toreo dodecafónico de Julio Aparicio… Los diestros le dan pie a multitud de afirmaciones sentenciosas ó aforísticas: “Los toros con sangre entran”, “A Espartaco le pasa lo mismo que a los Estados Unidos: tiene demasiado poder”, “ese capote que Joselito maneja como una ancha mantarraya que aletea parsimoniosamente en el fondo del mar”.

De los públicos, el más digno de la pluma es el de Madrid, “el más cruel del mundo”, y en especial, el tendido siete de Las Ventas, enemigo declarado de los tendidos restantes, de los toreros, de los ganaderos, del presidente, del empresario…, experto en “bramar algún insulto especialmente bien estructurado”, siempre feliz de que todo salga mal. Anota que debe de ser un eufemismo que al público lo llamen “el respetable”. “El colmo de la felicidad, en los toros, consiste en denunciar inútilmente la injusticia, que es la esencia de la autoridad”. Se detiene, eso sí, con morosa delectación, en la descripción de ese espécimen que es el taurino: gordo, arcaico, propenso al tópico, monotemático. “Un taurino lo sabe todo, y todo lo recuerda, incluso lo que no ha visto”. Por el otro lado, no olvida la belleza femenina, en ese hermoso ondular de ombligos desnudos que es la Feria de Cali.

Por momentos trata de ser instructivo o de repasarnos todo lo que ha aprendido en estos últimos años. Quien quiera hallar el humor, lo encontrará en aquel artículo en el que se pregunta quiénes son los cánones y qué diablos es lo que mandan, o en “Toros para principiantes” , en donde con increíble rapidez ha asimilado hasta el estilo digresivo de Larra, o acaso de los viejos cronistas taurinos, pero no lo sé, porque desconozco a los viejos cronistas taurinos… y a Larra.

Una de las últimas crónicas se refiere a la exposición “taurina” de Fernando Botero que presentó el Banco de la República en la Casa Luis López de Mesa: “¿Sabe Botero de toros? La verdad es que, a juzgar por los que pinta, parece que no”. Pero en fin, dice, no son toros, sino boteros. “Si en determinado momento los fines pictóricos […] exigen en tal ó cual lugar del lienzo una mancha de color, Botero clava tranquilamente una banderilla, aunque sea en el rabo del toro …”.

Sólo tengo que agregar que la edición es bella y cuidadosa. Detrás de las pocas fotografías interiores hay ayudas didácticas para los no entendidos. Echamos de menos, eso sí, las fechas de las crónicas.

LUIS H. ARISTIZÁBAL

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