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28 juliol 2010

Nadie sabe de toros

Filed under: Sociedad — anpoto @ 17:35 pm

 
Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 34. Volumen XXX – 1993 – editado en 1995

Linea
Toros, toreros y públicos
Antonio Caballero
El Ancora Editores, Santafé de Bogotá, 1992, 297 págs.

Acepto de antemano que las opiniones de un profano puedan no ser de buen recibo entre tan quisquillosos obsesivos como son los taurófilos. Así mismo, debo reconocer que hacia la mitad de este libro se me iba contagiando el entusiasmo y empecé a comprender algunas de las razones por las cuales aquéllos nos miran con tanto desprecio a los demás mortales. Porque hablar de toros no es ya La corrida, de Boteroreferirse al viejo “arte de Cúchares” , “ese tosco matador de fieras de antes de que el toreo fuera inventado” , sino penetrar en el recinto sagrado de una verdadera religión que cuenta con su propia eucaristía, amén de santoral y martirologio.

Mi lectura ha sido la de un neófito. Lo único que me interesaba era indagar si los no iniciados ganábamos algo al leer este libro y, por ende, buscar el tipo de su eventual lector. ¿A quién recomendarlo? A los aficionados, los taurinos, los taurófilos, los cornudos, etcétera, desde luego que sí; y sin vacilar. A la hora de pensar si vale para los simples lectores, si es posible que sea una lectura grata para los desprevenidos, que leen toda la prensa diaria, o para aquellos que sienten exaltado el patriotismo con César Rincón, o para los que compran un libro para entretener el mes, ya la cosa es más dudosa. Y no porque a éste le falten calidades. Es que, de cualquier modo, el de Caballero no deja de ser un texto especializado. Altamente especializado, diríamos. La maravillosa precisión de la terminología taurina, sólo comparable a la de la filosofía alemana, no es cosa de neófitos” pocos saben qué es un eral o un utrero, o un toro badanudo. Pero en realidad, como dice Caballero, nadie sabe de toros. Apelando al proverbio gnóstico, sentencia: ” El que sabe, no habla; el que habla, es porque no sabe”, entonces, si el propio autor confiesa no saber, el libro, en últimas, resiste cualquier lectura: “A los intelectuales les gustan los toros porque se prestan, como casi nada en la vida” a la especulación irresponsable. No es necesario saber nada de nada: basta con hacer comparaciones, rebotes, carambolas, con la feliz inocencia del niño que por primera vez juega al billar” . Algo semejante – me digo – a lo que sucede con la pintura o con la música. Todo el que medio sepa escribir se siente autorizado a estampar tonterías sobre lo que es, por esencia, incomunicable por fuera del ámbito de su propio lenguaje. Claro está que el de los toros es por lo menos un arte dinámico, que permite alguna descripción, por parca que sea, pero en todo caso no deja de ser un lenguaje cenado que sólo guarda sentido en sí mismo.

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