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6 juliol 2010

Noviolencia, desobediencia civil y ejemplaridad

Filed under: Sociedad — anpoto @ 13:21 pm

 

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Ya son varios los casos en los que las autoridades políticas de diferentes autonomías españolas han planteado el no cumplimiento de la Ley. Los ciudadanos, consecuentemente, a partir de estas posturas, podemos comenzar a plantearnos seriamente el ejercicio de la desobediencia civil, puesto que son demasiadas las normas legales del Estado que no terminan de gustar en amplios sectores de la ciudadanía, de favorecer un trato mínimamente adecuado hacia ésta . Quizá sea el momento del activismo irredento y exento de violencia, aunque sí fehaciente y evolutivo.
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Este hombre piensa, y no es peligroso.

Como se recordará, aquel título de uno de los opúsculos más conocidos de Immanuel Kant (me refiero a La paz perpetua) no era, como nos confiesa el propio autor, sino la inscripción satírica que un hostelero holandés había puesto en la puerta de su casa, debajo de una pintura que representaba un cementerio. Kant, al respecto, se preguntaba hacia 1795 si estaría «dedicada a todos los “hombres” en general, o especialmente a los gobernantes, nunca hartos de guerra, o bien quizá sólo a los filósofos, entretenidos en soñar el dulce sueño de la paz» (Kant, 1979: 89). Una pregunta no poco extraña, en la medida en que no siempre fue común a los filósofos, desd e luego, ese “dulce sueño de la paz”. No dejaría de ser un lugar común recordar cómo desde el comienzo del filosofar, ya en los fragmentos de Heráclito, lejos de admitirse ese sueño, se afirmaba que Polemos es el padre de todas las cosas1. Pero también es cierto que la inteligencia del filósofo se inclina con frecuencia no del lado de lo real –en el sentido del típico “realista”-, sino que más bien, guiado por el resto casi ineludible de platonismo implícito en sus gestos de pensamiento, se inclina del lado del Ideal, oponiendo éticamente el Deber al Ser o al acontecer, desde la confianza profunda en el cielo estrellado sobre la cabeza y la ley moral en el corazón. Frente al cielo estrellado de la Paz –y por utilizar el símil que brinda la caída de Tales cuando contemplaba el cielo-, el hoyo en que cae el filósofo que sueña el dulce sueño de la paz sería como el triunfo del dolor y la muerte en los innumerables (pasados y desgraciadamente porvenir) campos de guerras y batallas, y en la violencia cotidiana.

En todo caso, seguramente en su introducción a La paz perpetua, Kant pretendía ante todo proponer una especie de, digámoslo así, “aviso” para que, dada la (presunta) ingenuidad e inoperancia del gesto filosófico, el político dejase espacio de holgura a la reflexión, procurando que quedase a salvo la libertad de pensamiento. Kant se escuda y excusa en la presunta inocencia e inocuidad de un “intelectual” filósofo. En último término, ¿quién temería al filósofo? En todo caso, al final de su opúsculo, Kant pide que los políticos convoquen y consulten a los filósofos, que cuenten con ellos porque -pese a su ingenuidad- tal vez pudiesen brindarles buenos consejos. Y que no recurriesen únicamente a los juristas, de los que Kant dice que tienen una irresistible inclinación, muy propia de su empleo, a aplicar las leyes vigentes, «sin investigar si estas leyes no serían acaso susceptibles de algún perfeccionamiento» (Kant, 1979: 130). Por Alicia María de Mingo Rodríguez. Universidad de Sevilla.

(Acceso al texto completo)

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